domingo, 2 de agosto de 2009

PRIMERA PARTE

EL ÚLTIMO OASIS
El Cairo era un lugar para la gente. El cine de calle Santa Fe 1120, enclavado en el centro de Rosario, se presentaba como refugio de muchas cabezas, como sitio de encuentro, cómplice de innumerables recuerdos e historias.
El templo sagrado de los filmes, el cine de aventuras, era el último que permanecía en la ciudad, característica central que lo posicionaba como el más emblemático y tradicional. La personalidad de El Cairo se impregnaba al percibir su decorado, su techo, el palco, el cortinado que cubría la pantalla, el piso alfombrado, su fachada y el hall de entrada que era punto de encuentro y cruce de diversos cinéfilos.
Las palmeras art decó esculpidas sobre las paredes laterales otorgaban la característica distintiva y particular de un oasis, despertando para muchos de sus visitantes la sensación de estar en el Caribe. Las 700 butacas abrigaban con un abrazo cálido a quienes dirigían la mirada a una pantalla que se encendía para ser testigo y reflejo de miles de historias y personajes.
La sala de cine además de ser cuna de muchos nacimientos de películas también era un espacio donde afloraba una gran cantidad de sensaciones, fantasías, misterios, sorpresas y recuerdos compartidos. Las personas guardaban un gran amor incomparable por el patrimonio histórico edilicio que no había sido derrumbado ni transformado por las garras del insaciable mercantilismo.
Era escenario de la vida de muchos rosarinos y amantes del séptimo arte. Héctor Gramaglia hace 47 años es uno de ellos. Su mirada expresa el anhelo por los cines de antes que, de lugares de la cultura y la reflexión, terminaron siendo supermercados, estacionamientos, templos evangélicos y edificios. Su voz amigable expresa la bronca y dolor por la desaparición de los monumentos originales de otras épocas que ya no están y han pasado de la realidad a formar parte de un recuerdo.
De su piel aflora un aire de nostalgia. El cine El Cairo fue testigo de su primer salida como novios con quien ahora está casado, con su cita vieron la película Grease, el compadrito, con John Travolta y Olivia Newton John. Su paso por la puerta, que esconde en su interior un oasis inolvidable, va a hacerlo recordar por siempre ese momento de su vida. Al empalabrar la primer salida como novios con su esposa, el nombre “El Cairo” siempre permanecerá en movimiento, reviviendo en su memoria.
Entre las miles de historias que encierra el cine, reúne la de un cinéfilo con todas las letras: Roque Baidón. Este hombre de tez morena, cabello enrulado y voz corroída lleva trabajando 58 años en la cinematografía, dejando todo de sí para el mundo de la pantalla grande. Siempre fue reconocido por su inmenso e incomparable amor hacia el lugar que más le gustó desde pequeño: el cine. Día tras día, durante diez años, Roque trabajó en el oasis brindando una sonrisa a cada espectador, haciéndolos sentir como en su casa y disfrutando una y otra vez las películas que un chorro de luz ayudaba a proyectar sobre la pantalla.
Roque era otro símbolo de aquel cine, el último acomodador del país. Cuando terminaba su jornada laboral no veía la hora de regresar para dejar lo mejor de sí y llevarse lo mejor del cine. Roque tenía una familia que le dio todo y se llamaba El Cairo.
Todo marchaba bien. El cine brillaba por su esplendor para instalarse en la memoria de los espectadores. Los días pasaban y la vida de El Cairo transcurría con normalidad, hasta que comenzó a asomar un día de mayo de 2007 con la amenaza del cierre de la sala de todos. Con 62 años el oasis de calle Santa Fe comenzaba a vivir su fin. Siendo inocente le dictaban su pena de muerte y un ambiente nostálgico se delimitaba.
El cine, más que nunca, empezó a esperar las visitas… las necesitaba. Mientras tanto a Roque lo asfixiaba la ansiedad e incertidumbre del destino de su familia, sabía que si acababa la vida del cine también terminaría la suya.
Con el pasar de los meses las dudas crecían y las esperanzas de algunos disminuían mientras que las de otros perseveraban para dar nacimiento a una lucha continua para rescatar a su gran amor.
El 8 de mayo de 1945, día en que tuvo fin la Segunda Guerra Mundial, la sala se inauguraba con la película “Privilegio de mujer”. El tiempo pasó y el miércoles 19 de diciembre de 2007 a las 21 horas proyectaba “Vitus”, su última película.
Allí, otra vez, la fiel figura de Roque daba evidencia de la lealtad que sentía por su familia. El histórico acomodador estaba en su puesto, como siempre, cortando un boleto que esa noche carecía de precio mientras de sus ojos se fugaba alguna lágrima.
La noche en que El Cairo apagó su proyector fue más oscura que ninguna otra. Las lágrimas, los recuerdos y la melancolía llovían sobre el único espacio que sabía resistir a la invasión de los complejos multisalas.
Roque apagó por última vez las luces verdes de neón que colgaban de la entrada. La despedida de la sala de las palmeras se transformó en un duelo. El espíritu del último padre de los cines tradicionales quedaba tras las rejas. A los rosarinos se les quitaba otro espacio humano pero el cine se llevaba el cariño de la gente.

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